Cuba: Pozos secos y espejismos

Por SAYLI SOSA BARCELÓ

Solo los pozos se hacen de arriba para abajo y, si no se estudia bien el suelo, a veces, no dan agua.

En los ya lejanos ´90, mi tía Ana obtuvo la licencia para elaborar alimentos ligeros. Montó un pequeño timbiriche en los bajos del edificio y comenzó a vender refrescos instantáneos, galletas caseras, hasta pizzas. En aquellos días era muy difícil acceder al permiso, las disponibilidades para este tipo de ocupación eran limitadas y casi se concedían de mala gana. Y si por alguna razón la perdías…era mejor olvidarla.

El cuentapropismo entonces se veía, oficialmente, como un mal necesario, al que no debíamos darle tanto margen, porque traía implícito el germen del capitalismo. Solo unas pocas actividades eran legales, mientras el resto de los “trabajos” informales campeaban por su respeto en medio de una economía maltrecha, aislada y bloqueada que, sin embargo, se empecinaba en mantener invariable el mandato social de ofrecer gratuitas, entre otras conquistas,  la educación y la salud.

Tiempo ha pasado desde las aciagas jornadas que buena parte de los cubanos de hoy vivimos y sufrimos, algunos con más secuelas que otros. Y aunque parezca lo contrario, los días que corren  trajeron cambios en cuestiones que se creían esenciales y no lo eran tanto, dejando al descubierto temores y prejuicios que fueron solo eso.

Resulta que uno de los pilares de la actualización a la que estamos convocados es la actividad económica no estatal, por iniciativa privada, en la que más de 300 000 cubanos han incursionado ya. Y aunque el discurso oficial llamó a no hacer distingos entre trabajadores estatales y cuentapropistas, la realidad demostró que al interior de la sociedad, al nivel del barrio, no hacía falta tal aclaración porque, en los avatares diarios de la mayoría, el vendedor de alimentos ligeros, el zapatero y el bicitaxista resuelven algunos de los problemas más acuciantes de la gente.

Diferencias y semejanzas pueden encontrarse entre ambos procesos, el actual y el de hace dos décadas. Las unas porque en las postrimerías del siglo XX pensamos que el trabajo por cuenta propia sería una solución transitoria y ahora,  adentrados en el XXI, afirmamos que llegó para quedarse. Las otras porque, hoy como ayer, arrastramos deficiencias estructurales que convierten a este tipo de gestión en espejismo del crecimiento económico.

Sí, dije espejismo, una ilusión de la mente, que nos hace ver lo que anhelamos, pero no es.

Y no quiere esto decir que en la práctica quienes asumen algunas de estas modalidades no mejoren sus condiciones de vida gracias a su esfuerzo personal, sino que, también en la práctica, con el fin de paliar asuntos como el reordenamiento laboral y la ineficacia de algunos entes estatales, construimos un frankestein que amenaza con rebelarse, como en la famosa novela.

¿O acaso una actividad económica legal que se asienta, aunque no lo quiera, en el contrabando y el delito no es tan vulnerable e insostenible como un castillo de naipes? ¿De dónde salen las materias primas con la que trabajan los cuentapropistas? ¿Atendiendo a qué criterios se estimula esta forma de producción, tal y como se precisa en el Lineamiento 168, si no existe, por ejemplo, el mercado mayorista, propuesto en el Lineamiento 9, del primer capítulo?

Todavía no están en venta liberada la harina de trigo, la levadura o la maicena, por citar únicamente tres ingredientes de dulces y pizzas, salvavidas cotidianos del cubano a la hora de merendar y almorzar. Y con los precios del mercado en divisas o el paralelo, quien crea que allí se adquieren los insumos no solo peca de ingenuo.

Las cuentas son sencillas incluso para alguien que respeta la Matemática como yo. Si un elaborador de pizzas comprara la libra de queso a 30,00 pesos, tal y como se puede adquirir en algunos establecimientos que comercializan en moneda nacional (¡qué maravilloso eufemismo!), este popular alimento no se mantendría estable en 10,00 pesos (cuando no tiene chorizo, o salchichas, o camarones, que dicho sea de paso, tampoco se encuentran con facilidad y legalidad).

Los clavos, el pegamento, las suelas, el cuero para zapatos, ¿dónde están al por mayor? ¿Con qué elementos se fabrica un bicitaxi?, ¿con cuáles se mantiene? ¿De qué almacén provienen las piezas de los equipos electrodomésticos que se reparan fuera de los consolidados? ¿Con qué plástico se confeccionan los juguetes, piezas de plomería y pozuelos artesanales? ¿Y el aluminio y la hojalata, de dónde son? ¿De qué bosque particular se tala la madera de los juegos de sala de moda, lindísimos y carísimos?

Cuando se publicó la lista de las más de 100 formas de trabajo no estatal, muchos chapistas se quejaron de que su oficio no estaba incluido. La razón ofrecida pareció lógica: no hay dónde adquirir las láminas de metal, el oxígeno y el acetileno. Pero lo cierto es que para algunas de las modalidades autorizadas tampoco estaban creadas las condiciones mínimas de existencia y permanencia, sin menoscabo de la integridad del Estado, y aun así están.

No obstante, todo el que puede manda a reparar su carrito, compra muebles duraderos y no pregunta de dónde salieron las llaves de agua que en las tiendas no hay y afuera sí, y un muchacho impertinente te dice que él tiene, y duchas, y niples, y llaves de paso, y…

Como antaño, las cosas siguen saliendo de la despensa de Liborio. Y un engendro así, a la larga, no es factible, ni permanente, ni confiable.

Por investigaciones que hice para otro trabajo periodístico supe que este particular no está, ni siquiera, entre las prioridades de los inspectores. Es como si un acuerdo tácito, sin  firmas pero efectivo, propusiera dejar ser y estar en virtud del resultado final. Que la satisfacción de las personas es importante, no hay quien lo ponga en duda. De lo que hay que recelar es del medio para alcanzar ese fin.

Obviamente, la solución no es suprimir el trabajo por cuenta propia, sino que acelerar la implementación de su basamento, como la única forma de hacerlas duraderas y sostenibles. El argumento de que el Estado no está en condiciones de asumir mercados mayoristas se viene abajo todos los días, porque la realidad está gritando lo contrario y, lo que es peor, sin ganancias para el proveedor. Quizás, antes que importar mayores volúmenes, lo primero sea reorganizar, fiscalizar y decidir dónde son más necesarias y productivas las materias primas.

Nunca un edificio se construyó comenzando por la azotea. Solo los pozos se hacen de arriba para abajo y, si no se estudia bien el suelo, a veces, no dan agua.

http://lajovencuba.wordpress.com/

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