EE UU y Arabia Saudí, los ‘motores ocultos’ de la Primavera Árabe

Arabia Saudí y Qatar tomaron las riendas y comenzaron a armar a la oposición.

No son los protagonistas pero, entre bambalinas, Estados Unidos y Arabia Saudí son los motores de la Primavera Árabe. Poco tardó el presidente norteamericano, Barack Obama, en pedir al presidente tunecino, Zine el Abidine Ben Alí, que abandonase el poder. Las revueltas y la represión de las fuerzas de seguridad, unido al hecho de que Túnez no significaba una pieza clave en la región, le animaron a apoyar la revolución. Egipto era distinto. Su presidente, Hosni Mubarak, era aliado estratégico de Estados Unidos y de Israel. Dejar caer el Gobierno parecía algo que Washington no se podía permitir.

Pero, tras días de titubeos, Obama le pedía a Mubarak que se marchase. Serían los militares los que tomasen las riendas del país. Una solución aparentemente perfecta. Los uniformados hacían tumbar al presidente y se mostraban del lado de los revolucionarios. Todo se completaba con la llegada de uno de los opositores más conocidos, el ex director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Mohamed el Baradei. Llegaba con una intención: liderar la revolución. Así, EE UU podría mantener su aliado.

Pero, al igual que en 1979 durante la revolución iraní, Washington no pudo controlar al islamismo, los Hermanos Musulmanes, silenciosos en las revueltas, tomaban las riendas, alegando la represión sufrida.

El triunfo islamista en los comicios parlamentarios dejaba claro el poder de la Hermandad. En un último intento por recuperar el poder, la Junta Militar disolvía la Cámara. Días más tarde, el islamista Mohamed Morsi llegaba a la presidencia. La semana pasada, la secretaria de Estado visitaba al nuevo mandatario para mostrarle su apoyo y ofrecerle un plan Marshall con el que mantener tranquilo al nuevo Gobierno islamista.

Pedir la caída de Mubarak fue difícil para Obama, pero apoyar a los rebeldes sirios está siendo fácil. La alianza del Irán chií con un Iraq que, a principios de 2011, se preparaba para la retirada de Estados Unidos preocupaba, y mucho, a los países suníes (Arabia Saudí, Bahréin, Qatar…) y a Israel que veían ante sus ojos como se formaba un triángulo peligroso: Irán, Iraq y Siria.

Era el momento de apoyar a la oposición, aunque Estados Unidos ya había advertido de la influencia de Al Qaeda. Sin resolución de la ONU y tras los cuestionados resultados de la intervención en Libia, Washington no podía iniciar otra operación. Arabia Saudí y Qatar tomaron las riendas y comenzaron a armar a la oposición.

Las informaciones de matanzas facilitadas por los rebeldes sirios daban impulso a las sanciones. Rusia y China, aliados y principales exportadores de armas del Gobierno de Asad, se niegan a apoyar a los rebeldes, dejando el control del país en una oposición islamizada.

Siria parece el escenario de una guerra fría entre dos grandes bloques; Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí contra Rusia, China e Irán.

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